La Didáctica del uso de Figuras Retóricas en el Proceso de Diseño
- cbarone2426
- 30 ene
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Un medio para reducir la incertidumbre en los procesos proyectuales
LAS FIGURAS RETÓRICAS
Como se ha señalado, resulta conveniente que el proceso proyectual y su didáctica se sustenten en lógicas claras y en parámetros mayormente observables y contrastables, que permitan un seguimiento estructurado del desarrollo del proyecto y una evaluación argumentada de las decisiones adoptadas.
Dentro de los mecanismos que contribuyen a la generación de ideas y a la reducción de la indeterminación propia del proceso de diseño se encuentra el uso de las figuras retóricas. Entre ellas, la metáfora posee un especial potencial operativo, dado que incorpora una carga semántica capaz de enriquecer el proyecto y de orientar la toma de decisiones proyectuales.
El trabajo con metáforas y conceptos abstractos introduce una dimensión de significado que promueve la indagación, la imaginación y la creatividad. La lectura de esta carga semántica puede ser explícita o implícita para el observador imparcial, dependiendo del grado de complejidad del proceso y del nivel de elaboración conceptual alcanzado. En este sentido, no resulta imprescindible que el significado sea plenamente decodificado por un observador externo, ya que el procedimiento en la mayor parte de los casos opera eficazmente como herramienta interna del diseñador.
No se propone aquí sustituir otros modos de abordaje creativo ni reemplazar procesos en los que la creatividad se manifiesta de manera fluida y espontánea. Solo indicar que los mecanismos mencionados pueden activarse en aquellos momentos en los que la inspiración se muestra esquiva o bien utilizarse como refuerzo y estructuración del trayecto creativo.
Si bien en el diseño son válidos todos los procedimientos éticos que conduzcan a la resolución adecuada del proyecto, aquellos basados exclusivamente en la prueba y el error o en decisiones intuitivas no fundamentadas suelen derivar en recorridos inestables y erráticos.
El uso sistemático de figuras retóricas permite desarrollar un proceso consciente y argumentado, sin eliminar por completo la duda y la vacilación, pero reduciendo su peso considerablemente.
El procedimiento que integra las figuras retóricas al proceso de diseño interviene en el desarrollo de la dimensión creativa, caracterizada por componentes que no responden plenamente a una lógica racional cartesiana, sino que articulan la libertad intuitiva con estructuras conceptuales capaces de sostener y orientar el proyecto.
LA RETÓRICA DE LA FORMA
LA METÁFORA
Las expresiones metafóricas forman parte constitutiva del lenguaje cotidiano y, en muchos casos, operan de manera implícita sin ser reconocidas como tales. Lejos de constituir un recurso accesorio, la metáfora cumple un rol central en la comunicación humana y en la construcción de sentido.
El término metáfora proviene del latín metaphŏra, tomado a su vez del término griego μεταφορά, que significa “desplazamiento”, “traslado”.
Desde la retórica clásica, y particularmente a partir de los aportes de Aristóteles en Poética y Retórica, la metáfora ha sido entendida como un procedimiento fundamental del pensamiento, capaz de otorgar sentido simbólico al discurso mediante la transferencia de significados entre distintos campos conceptuales.
El mismo Aristóteles ofrece la primera definición teórica sobre la metáfora en su obra:
"La metáfora consiste en dar a un objeto un nombre que pertenece a algún otro; la transferencia puede ser del género a la especie, de la especie al género, o de una especie a otra, o puede ser un problema de analogía".
En términos generales, la metáfora consiste en el desplazamiento de una característica o de un conjunto de atributos desde un dominio origen o fuente hacia un dominio destino o imagen, estableciendo una relación de analogía entre ambos.
Este traslado de significados no se realiza de manera literal, sino a partir de una selección y jerarquización de los rasgos más relevantes del término fuente, que son proyectados sobre el término destino en un nuevo marco de referencia. La comprensión de la metáfora puede ser inmediata cuando los conceptos involucrados se encuentran socialmente consolidados, o bien requerir mayores esfuerzos interpretativos cuando remiten a universos culturales específicos o poco compartidos.
Como parte del lenguaje, la metáfora interviene activamente en la manera en que el ser humano se relaciona con su entorno y construye su universo simbólico. En el campo del diseño, este mecanismo adquiere una relevancia particular, ya que contribuye a la generación de imágenes, conceptos y relaciones que el diseñador traduce posteriormente en configuraciones formales y espaciales, articulando pensamiento, significado y forma.
LOS NIVELES DE LA METÁFORA
El impacto semántico y el grado de concreción de una metáfora varían en función de diversos factores, entre los que se destacan el lenguaje utilizado y el esfuerzo cognitivo requerido para comprender la transferencia de significado que esta propone. En este sentido, es posible pensar las metáforas como distribuidas en un continuo cuyos extremos definen distintos niveles de complejidad e innovación.
Tomemos el siguiente gráfico:

Figura 1
En uno de los extremos se sitúan las metáforas más innovadoras (A), caracterizadas por asociaciones inusuales y una alta carga creativa, que exigen un mayor trabajo interpretativo por parte del receptor. En el extremo opuesto (B), se encuentran las metáforas más comunes y cristalizadas, integradas al uso cotidiano del lenguaje, cuya comprensión resulta inmediata y ya no requiere un esfuerzo consciente de transferencia conceptual. Entre ambos polos se despliegan múltiples grados intermedios que combinan, en distinta proporción, rasgos de originalidad y convencionalidad.
A medida que la metáfora se desplaza hacia niveles de mayor innovación, su comprensión depende del conocimiento previo del campo origen, de la claridad de los rasgos conceptuales transferidos y de la capacidad para establecer una coherencia discursiva entre la fuente y el dominio o campo imagen. En estos casos, la interpretación exige una participación activa del receptor y un mayor esfuerzo analítico.
Un ejemplo de este tipo de metáfora puede observarse en la expresión “Su corazón ardía como la pira imaginada por Manrico”, cuya comprensión remite a la ópera Il trovatore de Giuseppe Verdi, donde el personaje principal, Manrico intenta salvar de la hoguera a su madre. En este caso, el sentido metafórico solo se completa si el receptor posee un conocimiento específico del contexto cultural y es capaz de establecer la asociación entre la intensidad emocional y la escena dramática referida.
Por el contrario, cuando una metáfora se consolida mediante un uso reiterado y sostenido en el tiempo, los significados originalmente asociados al campo origen tienden a integrarse al dominio destino, perdiéndose la conciencia del traslado metafórico. En estas situaciones, el signo lingüístico adquiere una autonomía semántica que lo vuelve funcional como término literal dentro de la lengua, sin necesidad de reconstruir su origen conceptual.
Un ejemplo de este fenómeno se observa en la expresión “La vida de Mario es un quilombo”, donde el término quilombo se utiliza de manera directa para designar una situación de desorden o problema de difícil solución. El carácter semántico se ha arraigado en la misma palabra y se perdió el concepto metafórico de transporte del sentido. En su origen quilombo refería a la estancia donde se reunían en el Brasil colonial a los esclavos en condiciones de hacinamiento infrahumanas y niveles sanitarios y de alimentación abyectos. El origen histórico del vocablo queda desplazado, y el término opera como una unidad semántica estabilizada que ya no requiere reconstruir su procedencia metafórica.
Desde una perspectiva cognitiva, distintos estudios han señalado que el lenguaje influye de manera significativa en la forma en que los sujetos organizan sus representaciones del mundo. La hipótesis más radical de esta corriente establece que el lenguaje modela de manera férrea la cosmovisión del hablante y su manera de pensar. La hipótesis Sapir-Whorf, establece que existe relación entre el lenguaje que una persona utiliza, y la forma en que percibe el mundo.
En una línea menos rígida, autores como Lakoff y Johnson sostienen que el lenguaje incide de forma notable en el pensamiento, no de un modo unidireccional, sino a través de un intercambio permanente. Proponen un modelo dialéctico donde las experiencias obtenidas por el sistema cognitivo —entre las cuales se incluye el lenguaje— generan campos de conocimiento y pensamiento, que a su vez, inciden y transforman dichas experiencias en un proceso continuo e interrelacionado.
En este marco, la metáfora opera como un mecanismo mediante el cual los conceptos complejos se comprenden y se estructuran a partir de otros más concretos, estableciendo una relación dinámica entre experiencia, lenguaje y cognición.
En el campo del diseño, la gradación de las metáforas resulta especialmente relevante, ya que el nivel de complejidad elegido condiciona tanto la generación de ideas como su posterior interpretación. Comprender los distintos niveles en los que puede operar una metáfora permite al diseñador seleccionar conscientemente el grado de innovación y de accesibilidad semántica más adecuado a los objetivos del proyecto y a su contexto de recepción.
Debe establecerse que el solo hecho de tomar un concepto del campo lingüístico y trasladarlo al terreno morfológico constituye en sí mismo una metáfora, en tanto se produce el proceso de transporte de significados que la define.
Lo relevante entonces, reside en la selección y uso de las figuras fuente.
Estas pueden consistir en conceptos morfológicos, conceptos abstractos, figuras retórica —entre ellas las metáforas— o alguna otra que posibilite el pasaje citado.
De la elección realizada dependerá el mayor o menor grado de complejidad que asumirá el proceso a realizar.

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