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La Cruz de Cobre

  • hace 2 días
  • 7 min de lectura

PRIMERA PARTE


En un tiempo pasado y un país improbable.



Las montañas del sur, últimas estribaciones de la cordillera de Acev, se recortaban nítidamente contra el cielo rojizo del amanecer. Era como si hubieran sido trazadas con tinta negra sobre un fondo incendiado. El aire limpio y frío, que penetraba como una daga, preanunciaba un excelente día para llevar a cabo las operaciones previstas.


Los aviones estaban alineados con prolijidad a lo largo de uno de los laterales de la pista. Permanecían cubiertos con lonas para proteger sus partes más sensibles de la arena del desierto que, impulsada a gran velocidad por el viento del este, castigaba sin descanso toda su estructura.


La base era el asiento del Grupo de Caza 54, que había sido trasladado recientemente desde el norte debido a los vaivenes de la guerra y a los cambios en la situación del frente. Estaba comandado por el coronel Sempre In Dubbio, un oficial con amplia experiencia de mando, muy apreciado tanto por los pilotos como por el personal de tierra.


Desde el inicio de la guerra con el extenso país del este, la región era escenario de duros combates aéreos. Más de cinco años habían transcurrido desde el comienzo de las hostilidades. Durante ese período, nuevos pilotos llegaban permanentemente a la unidad debido a la sangría que provocaban los enfrentamientos.


Frente a la pista, la teniente Pluma Oscura observaba el horizonte, con gesto duro, casi hipnotizada. Pero no era el paisaje lo que capturaba su atención. Sus pensamientos recorrían senderos más tortuosos e intrincados. La obsesionaba la Cruz de Cobre; todos los integrantes de su promoción la habían obtenido. Todos menos ella.


La teniente estaba convencida, casi con fanatismo, de que la merecía. Mucho más: que le pertenecía. La necesitaba con desesperación. La idea de que otros ya la lucieran con orgullo en sus uniformes le resultaba abrumadora; le oprimía el pecho. El sentimiento se gestó y creció en silencio a medida que sus camaradas eran condecorados por sus méritos en la batalla.


Cuando se anunció que Castor Balbuceante sería la próxima en ser condecorada, no pudo más. Las imágenes se atropellaban en su mente, desordenadas e insistentes; no lograba dominarlas. Sus pensamientos volvían una y otra vez a la Cruz, rozando la obsesión. Por más que lo intentaba, sus gestos ya no lograban ocultar la amargura que la consumía.


—¡Castor Balbuceante! Esa alférez a la que reprendí en más de una ocasión por no cumplir el reglamento... ¡Esa incapaz la ha conseguido! —se dijo, indignada.


«Esto no puede quedar así.»


Decidida, se dirigió a la oficina de su superior.


La teniente Pluma Oscura no llamó a la puerta: la abrió de golpe y entró en el despacho como si lo tomara por asalto.


El coronel Sempre In Dubbio alzó la vista y la miró, desconcertado.


—¿No acostumbra llamar antes de entrar, teniente?


—Coronel, no estoy para formalidades; exijo una respuesta —dijo con agresividad.


—Usted sabe que por esta acción puede merecer una sanción disciplinaria.


—¡Lo sé, y no me importa! —interrumpió la teniente—. Pero esta situación es insostenible. He cumplido todos los requisitos establecidos por los estatutos militares y por el reglamento del Arma de Caza. Sin embargo, todavía no he recibido la Cruz de Cobre por mis acciones en combate.


El coronel respiró hondo y trató de serenarse. En ese momento recordó un consejo que le había dado su primer Jefe de Ala, cuando él mismo era teniente:


«Trate siempre de escuchar a los subalternos, puede que allí haya algo de verdad».


Comprendía que sus pilotos se encontraban al límite del agotamiento y la tensión, y que aquella situación erosionaba inevitablemente la disciplina. Una sanción en aquel contexto sería más perjudicial que beneficiosa.


Tras unos segundos de silencio, continuó:


—Estimada teniente, usted sabe muy bien que en el Arma de Caza, para recibir la Cruz debe cumplirse alguna de estas condiciones: realizar un acto individual de extrema valentía o acreditar quince derribos de aviones enemigos.

En cuanto a la primera, cuando fue transferida a esta unidad desde el Grupo de Caza 27, su antiguo comandante no consignó ninguna acción especial digna de mención y aquí tampoco ha protagonizado ninguna.

Respecto a los derribos, llegó con nueve victorias aéreas acreditadas y aquí ha sumado otras dos. En consecuencia, si la matemática no me es ajena, acumula once derribos y aún le faltan cuatro.


Al escuchar esto último, la teniente estalló:


—¡Eso es falso! En los cinco meses que llevo aquí he conseguido los derribos necesarios para recibir la condecoración.


—Teniente, recuerde que los derribos deben ser confirmados por observadores independientes y eso no se ha conseguido —respondió el coronel.


—Mi Ala, el suboficial Oruga Corredora, ha declarado en reiteradas ocasiones que me vió derribar dos aparatos, y la teniente Nube Gris Profundo ha confirmado otros dos.


El coronel podía dar por terminada la conversación. Sin embargo, prefirió explicarle la situación con calma. Le habló como lo habría hecho con una hija.


—Teniente, el suboficial Oruga Corredora fue enviado pocos días atrás a un centro de recuperación y descanso debido a reiterados colapsos nerviosos. Llegó a confundir aviones propios con enemigos y describió un furioso combate en el que, según afirmó, participó él solo contra fuerzas abrumadoramente superiores. Dijo haber derribado varios aparatos y dañado otros tantos. Sin embargo, cuando los técnicos de tierra revisaron las armas de su avión, comprobaron que no habían sido disparadas: toda la munición seguía intacta.


Cuando la teniente iba a responder, el coronel, con un gesto firme pero sereno, continuó:


—Déjeme terminar. Después podrá responder. En los casos que usted menciona, los grupos de artillería antiaérea no han reportado actividad coincidente. Por otra parte, la Oficina de Recuperación y Verificación realizó una búsqueda exhaustiva de los aparatos en cuestión y no obtuvo resultado alguno. Esto es particularmente extraño, dado que los combates se desarrollaron sobre nuestro territorio.


El coronel dudó un momento antes de mencionar el informe que comprometía a la teniente Nube Gris Profundo. Estaba transitando terreno resbaladizo. Si se confirmaba el reporte del personal de tráfico, su avión de caza había regresado apenas treinta y cinco minutos después del despegue, aduciendo fallas en el motor y en los sistemas hidráulicos. En ese lapso, le habría sido imposible llegar a la zona de combate, observar lo que afirmaba y regresar.


Todo parecía indicar, como mínimo, un caso de fabulación. En el peor de los escenarios, un acto de cobardía. Por otra parte, la teniente Nube Gris Profundo era amiga íntima de Pluma Oscura. Sopesó las implicaciones y, por prudencia, prefirió no tocar el tema.


Aun así, continuó con tono formal, casi impersonal:


—En cuanto al informe de la teniente Nube Gris Profundo, sigue el mismo proceso de investigación que el resto de los casos reportados.


La respuesta exasperó a Pluma Oscura.


—Es la misma excusa de siempre: burocracia —dijo, conteniendo la rabia—. Pero no es solo eso. Detrás hay otra cosa. Tiene que ver con mi color de piel y con el clan al que pertenezco. Nunca me perdonarán ser parte de Logosmor ni que ese clan haya iniciado la revuelta del «Verano de las Rosas» contra oficiales que hoy ocupan cargos jerárquicos dentro de la fuerza.


El coronel sostuvo su mirada más tiempo del necesario.


—Teniente —dijo, elevando apenas la voz—, no sé de qué me habla. Ese hecho sucedió hace más de veinte años. Yo estaba en la Academia de Pilotos y apenas conocía las disputas políticas entre los grupos de oficiales.


La explicación pareció no importarle a la teniente.


—Si no obtengo una respuesta satisfactoria de su parte, hablaré con el General Passa Cantenne, amigo y compañero de promoción de mi padre —dijo con firmeza—. Y si es necesario, me dirigiré al Mariscal Sanguis Memor.


Mientras la teniente seguía hablando, el coronel dejó de prestar atención a lo que decía.


Sus palabras continuaban fluyendo, pero ya no las oía. Casi sin quererlo, fijó la mirada en su boca. Cuanto más la observaba, más se desvanecía el sonido, hasta que su discurso quedó reducido a un desvarío silencioso, como una película muda. Solo movimiento, solo sus labios.


Eran finos, tensos. Se movían con una ansiedad apenas contenida, con una leve desarticulación que delataba nerviosismo. De tanto en tanto, el gesto se interrumpía: mordía el labio inferior con una agresividad casi infantil, repetitiva y mecánica.

 

Aquel gesto le resultaba conocido. ¿Pero de dónde? Permanecía suspendido en su memoria, como si estuviera a punto de emerger, pero era elusivo; se rehusaba a darse a conocer.


Luego de recorrer los intrincados caminos de sus recuerdos, al fin lo encontró: era el gesto inconfundible de Guideon Roth, el propietario del pequeño comercio de repuestos para automóviles donde su padre compraba piezas para el viejo coche familiar.


Aquel auto...


Ya era antiguo entonces. Pasaba más tiempo detenido que en funcionamiento. Sin embargo, ofrecía una forma particular de diversión. No porque se utilizara con frecuencia —permanecía más tiempo averiado que en marcha—, sino porque su reparación era una aventura, al menos para el coronel, que asistía a ella como simple observador.


En realidad, el trabajo lo realizaban una y otra vez su padre y sus dos hermanos mayores —Águila Intrépida y Lobo Misterioso—, mientras su madre, en silencio, asistía con resignación a la ímproba tarea. En el fondo, comprendía que era una lucha desigual entre el deseo y la realidad. Aun así, conservaba un atisbo de esperanza.


En aquellos días, el futuro le parecía brillante. Todo era expectación.


Se preguntaba con frecuencia cuál sería su destino, y la respuesta tomaba siempre la apariencia de algo luminoso, inevitablemente esperanzador.


Hoy comprendía que, incluso en la escasez y con ciertas privaciones, había sido feliz sin saberlo.


Sus padres habían muerto, al igual que Águila Intrépida, su hermano mayor. Piloto de caza como él, había caído el año anterior en la irresponsable y fanática ofensiva para reconquistar las planicies de Hanan.


El destino de Lobo Misterioso, comandante de una unidad acorazada, era desconocido. Su grupo había sido emboscado y cercado dos meses antes en la llamada «bolsa de la Ferm». Desde entonces, no tenía noticias de su hermano.


Estaba sumido en estas elucubraciones cuando el timbre agudo del teléfono lo arrancó de sus pensamientos y lo devolvió a la realidad: a la voz de la teniente, a sus labios, a su actitud egoísta, a su ambición apenas disimulada y al nombre del mariscal Sanguis Memor.


El coronel no respondió de inmediato. Tamborileó una vez con los dedos sobre el escritorio y luego entrelazó las manos, como si evaluara una jugada en un tablero más amplio que esa oficina.


—Está en su derecho, teniente —dijo al fin—. Haga lo que le parezca.


La teniente Pluma Oscura comprendió que no había mucho más que decir. Saludó con desgano, dio media vuelta y se retiró.


El coronel siguió observando la puerta unos instantes. Le costaba comprender aquella actitud. Jamás se le habría ocurrido hacer un planteamiento semejante.


Respiró profundamente.


Por fin, su mirada descendió hasta el sobre que descansaba sobre el escritorio. Contenía los resultados de los recientes estudios médicos a los que se había sometido. Sintió una vaga inquietud. Había evitado abrirlo durante toda la mañana.


Blanco, cerrado, definitivo.


Lo abrió lentamente.


El diagnóstico era breve e inapelable:


Un raro cáncer de bazo.


Debía presentarse en las próximas semanas en el hospital para iniciar un tratamiento experimental. Eso implicaba resignar el mando de la unidad y, sobre todo, admitir su fragilidad.


Nada volvería a ser como antes.



 
 
 

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