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APUNTES sobre DIBUJO y otros relatos

LA TORRE

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“Puedo contestar tus preguntas, profetizar tu destino con solo ver la luz de tus ojos”

Anónimo

En la mitad de la noche la visión brilló clara y contundente en la mente del venerable sacerdote. Una premonición nítida y penetrante, como nunca había experimentado;

“Una presencia sombría se cierne sobre el reino. Lo dirán las estrellas”.

El anciano no pudo reanudar su descanso. Al iniciar el día expuso la situación ante el soberano, éste convocó a los sabios y magos de la corte para deliberar sobre los pasos a seguir. No hubo dudas. Se decidió que los mejores expertos sobre los enigmas de las estrellas indagaran el cielo nocturno intentando descifrar el mensaje de los astros. Durante varias noches, cuando el clima lo permitía, los sabios alzaban sus miradas al firmamento espléndido, pero nada podían interpretar.

Los días se sucedían y no había progresos en la búsqueda, la situación era inquietante. Nuevas reuniones tuvieron lugar para encontrar alternativas que permitiría avanzar en la empresa. Creyeron ver en el tema de las distancias la fuente de los problemas. Tal vez, si se acercaran a las estrellas, éstas ofrecerían una lectura comprensible. Pensaron que una estructura de altura jamás vista sería el inicio de la solución que buscaban. Se presentó el proyecto al rey; la construcción de una Torre cuya altura nunca alcanzada permitiría tal acercamiento que las estrellas revelarían sus secretos o al menos parte de ellos.

Comenzó la gigantesca obra reuniendo todos los recursos, esfuerzos y capacidades del reino. La tarea involucraba a la totalidad de los súbditos, nada ni nadie escapaba al proyecto. La Torre ganó rápidamente altura.

Los sabios y magos reunidos en la superficie última de observación estaban perplejos, el cielo se desplegaba majestuoso, pero ningún mensaje alcanzaban a discernir. Era evidente para los sabios que la altura todavía era insuficiente, la construcción debía continuar.

Nuevas estructuras laterales se agregaron para garantizar la mayor elevación. Más y más recursos se destinaron a la obra que insaciable los devoraba. Incluso los templos dedicados a los antiguos dioses fueron demolidos y sus bloques destinados a la Torre.

Campañas militares se lanzaron para conquistar países vecinos en busca de materiales y seres humanos que garantizaran la mano de obra esclava y barata tan necesaria. Los campos quedaron desiertos, las cosechas abandonadas.

El bienestar y la prosperidad del reino se vieron rápidamente disminuidas. Toda la región había sido expoliada y sus riquezas agotadas, parecía un páramo.

Los años pasaron inexorables.

Las estrellas no hablaban.

Los personajes primigenios pasaron y fueron olvidados, les siguieron algunos otros y luego otros más. En tanto la Torre se elevaba, ya no con el ímpetu inicial, ahora el progreso era cada vez más lento y trabajoso. El antiguo reino, alguna vez poderoso y orgulloso, era ahora un estado pobre y desgajado. 

Muy pocos recordaban con precisión los motivos que habían impulsado la grandiosa empresa, una brumosa inercia seguía moviendo los engranajes de la construcción que avanzaba penosamente.

 

Se tomaban muchas horas en alcanzar el punto más alto de la construcción partiendo desde su base. Para evitar inconvenientes y pérdidas de tiempo los pocos sabios que restaban tenían sus habitaciones en los niveles más elevados de la estructura y desde allí partían a sus reuniones nocturnas.

 

El cielo seguía sin hablar o así lo parecía. Nada alcanzaban a comprender.

 

El octavo día del mes de los vientos amaneció como de costumbre, igual que tantos otros. El bloque que descansaba sobre una estructura auxiliar esperando su turno para ser colocado, brillaba ante la luz del sol gracias a las partículas de cuarzo que contenía. El proceso era el habitual, se alzó el bloque por medio arneses y poleas y cuando estaba siendo colocado en la parte más alta del lado izquierdo de la Torre se sintió un leve temblor, pero un temblor distinto a tantos otros que habían sucedido en el pasado. No pasaron más de unos instantes cuando un segundo y más grave estremecimiento sacudió la estructura, no hubo tiempo para la reacción, el suelo cedió y en unos pocos segundos toda la Torre colapsó precipitándose a tierra.

La nube de polvo tardó días en disiparse. Cuando finalmente lo hizo, se pudo ver una enorme montaña de escombros de tal tamaño que no tenía nada que envidiar a las formaciones naturales.

La mayor parte de los trabajadores y los habitantes del llano murieron en el derrumbe, los pocos sobrevivientes abandonaron la región y no volvieron jamás.

En años cercanos, unos documentos que describían el mito de la Torre llegaron a manos de Charlotte Ritter quien los había buscado con profunda obstinación. Charlotte había estudiado el mito durante largo tiempo y con la reciente información consiguió financiamiento para una nueva expedición arqueológica. Esta vez con datos más certeros y precisos encontró restos de una antigua estructura en la región central del país de Meridión. Solo algunas rocas emergían sobre la superficie de un infinito mar de arena. Las excavaciones permitieron comprender que siglos de vientos, erosión y arenisca habían sepultado la mayor parte de la gigantesca construcción.

No había duda, eran los restos de la Torre.

Luego de meses de duro trabajo pudo dejarse al descubierto una pequeña parte de la estructura colapsada.

Charlotte observó por largo tiempo el desolado desierto, las tareas de sus colaboradores, las piedras apiladas caóticamente y pudo vislumbrar lo majestuosa que debió haber sido la Torre.

Luego pensó en el trabajo y sufrimiento de los que allí empeñaron sus vidas, miles de personas que nadie recordaría y al fin comprendió; el mensaje de la visión se había consumado.

CB

En la mitad de la noche la visión brilló clara y contundente en la mente del venerable sacerdote. Una premonición nítida y penetrante, como nunca había experimentado; ​ “Una presencia sombría se cierne sobre el reino. Lo dirán las estrellas”. ​ El anciano no pudo reanudar su descanso. Al iniciar el día expuso la situación ante el soberano, éste convocó a los sabios y magos de la corte para deliberar sobre los pasos a seguir. No hubo dudas. Se decidió que los mejores expertos sobre los enigmas de las estrellas indagaran el cielo nocturno intentando descifrar el mensaje de los astros. Durante varias noches, cuando el clima lo permitía, los sabios alzaban sus miradas al firmamento espléndido, pero nada podían interpretar. ​ Los días se sucedían y no había progresos en la búsqueda, la situación era inquietante. Nuevas reuniones tuvieron lugar para encontrar alternativas que permitiría avanzar en la empresa. Creyeron ver en el tema de las distancias la fuente de los problemas. Tal vez, si se acercaran a las estrellas, éstas ofrecerían una lectura comprensible. Pensaron que una estructura de altura jamás vista sería el inicio de la solución que buscaban. Se presentó el proyecto al rey; la construcción de una Torre cuya altura nunca alcanzada permitiría tal acercamiento que las estrellas revelarían sus secretos o al menos parte de ellos. ​ Comenzó la gigantesca obra reuniendo todos los recursos, esfuerzos y capacidades del reino. La tarea involucraba a la totalidad de los súbditos, nada ni nadie escapaba al proyecto. La Torre ganó rápidamente altura. ​ Los sabios y magos reunidos en la superficie última de observación estaban perplejos, el cielo se desplegaba majestuoso, pero ningún mensaje alcanzaban a discernir. Era evidente para los sabios que la altura todavía era insuficiente, la construcción debía continuar. ​ Nuevas estructuras laterales se agregaron para garantizar la mayor elevación. Más y más recursos se destinaron a la obra que insaciable los devoraba. Incluso los templos dedicados a los antiguos dioses fueron demolidos y sus bloques destinados a la Torre. ​ Campañas militares se lanzaron para conquistar países vecinos en busca de materiales y seres humanos que garantizaran la mano de obra esclava y barata tan necesaria. Los campos quedaron desiertos, las cosechas abandonadas. ​ El bienestar y la prosperidad del reino se vieron rápidamente disminuidas. Toda la región había sido expoliada y sus riquezas agotadas, parecía un páramo. ​ Los años pasaron inexorables. ​ Las estrellas no hablaban. ​ Los personajes primigenios pasaron y fueron olvidados, les siguieron algunos otros y luego otros más. En tanto la Torre se elevaba, ya no con el ímpetu inicial, ahora el progreso era cada vez más lento y trabajoso. El antiguo reino, alguna vez poderoso y orgulloso, era ahora un estado pobre y desgajado.  ​ Muy pocos recordaban con precisión los motivos que habían impulsado la grandiosa empresa, una brumosa inercia seguía moviendo los engranajes de la construcción que avanzaba penosamente. Se tomaban muchas horas en alcanzar el punto más alto de la construcción partiendo desde su base. Para evitar inconvenientes y pérdidas de tiempo los pocos sabios que restaban tenían sus habitaciones en los niveles más elevados de la estructura y desde allí partían a sus reuniones nocturnas. El cielo seguía sin hablar o así lo parecía. Nada alcanzaban a comprender. El octavo día del mes de los vientos amaneció como de costumbre, igual que tantos otros. El bloque que descansaba sobre una estructura auxiliar esperando su turno para ser colocado, brillaba ante la luz del sol gracias a las partículas de cuarzo que contenía. El proceso era el habitual, se alzó el bloque por medio arneses y poleas y cuando estaba siendo colocado en la parte más alta del lado izquierdo de la Torre se sintió un leve temblor, pero un temblor distinto a tantos otros que habían sucedido en el pasado. No pasaron más de unos instantes cuando un segundo y más grave estremecimiento sacudió la estructura, no hubo tiempo para la reacción, el suelo cedió y en unos pocos segundos toda la Torre colapsó precipitándose a tierra. ​ La nube de polvo tardó días en disiparse. Cuando finalmente lo hizo, se pudo ver una enorme montaña de escombros de tal tamaño que no tenía nada que envidiar a las formaciones naturales. ​ La mayor parte de los trabajadores y los habitantes del llano murieron en el derrumbe, los pocos sobrevivientes abandonaron la región y no volvieron jamás. ​ En años cercanos, unos documentos que describían el mito de la Torre llegaron a manos de Charlotte Ritter quien los había buscado con profunda obstinación. Charlotte había estudiado el mito durante largo tiempo y con la reciente información consiguió financiamiento para una nueva expedición arqueológica. Esta vez con datos más certeros y precisos encontró restos de una antigua estructura en la región central del país de Meridión. Solo algunas rocas emergían sobre la superficie de un infinito mar de arena. Las excavaciones permitieron comprender que siglos de vientos, erosión y arenisca habían sepultado la mayor parte de la gigantesca construcción. ​ No había duda, eran los restos de la Torre. ​ Luego de meses de duro trabajo pudo dejarse al descubierto una pequeña parte de la estructura colapsada. Charlotte observó por largo tiempo el desolado desierto, las tareas de sus colaboradores, las piedras apiladas caóticamente y pudo vislumbrar lo majestuosa que debió haber sido la Torre. Luego pensó en el trabajo y sufrimiento de los que allí empeñaron sus vidas, miles de personas que nadie recordaría y al fin comprendió; el mensaje de la visión se había consumado. ​​ ​ CB ​

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