La Cruz de Cobre
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Actualizado: hace 22 horas
SEGUNDA PARTE
Todo había cambiado.
El coronel permaneció inmóvil unos segundos. Luego giró la silla hacia la ventana que daba a la pista. Mientras intentaba poner en orden sus pensamientos, vio dos aviones que regresaban de una patrulla.
Dos aviones. Justamente las dos victorias que le faltaban para obtener la máxima condecoración militar del país: la Orden Pour le Mérite.
“La Orden”, como la conocían los pilotos, era una versión menos glamorosa de la famosa distinción creada por Federico el Grande y otorgada durante décadas por el Reino de Prusia y el Imperio alemán. Llevaba el nombre en francés como tributo al papel dominante de Francia en la diplomacia y las cortes europeas del siglo XVIII.
Gracias a la antigua amistad que unía a ambas naciones, la distinción también se había convertido en la más prestigiosa del país del coronel.
Solo dos victorias lo separaban de “la Orden”; dos victorias que lo distanciaban de la gloria y del reconocimiento, de ser considerado un héroe de la nación. Dos victorias que la fría letra de los expedientes burocráticos no registraba, pero que él sabía haber obtenido. ¿Cómo explicarles a sus camaradas lo que había vivido en soledad, sin testigos que pudieran corroborarlo?
Las imágenes de aquella misión inundaron su mente. Se sucedían unas tras otras, despertadas por la discusión con la teniente.
Se le había ordenado interceptar una formación de bombarderos enemigos escoltados por varias unidades de cazas sobre las costas del Mar de Arsen.
Su grupo despegó a las 11:20 de la mañana y se dirigió al encuentro del enemigo.
Recordó que, antes de partir, su fiel Ala, el mayor Comadreja de la Pradera, le había comentado algo que él ya sabía: algunos pilotos, los más jóvenes, no parecían lo suficientemente preparados. La guerra de desgaste que se estaba sosteniendo hacía que los candidatos se reclutaran cada vez a más temprana edad y el entrenamiento se aceleraba para sostener la demanda de nuevos aviadores.
Antes de despegar, miró los rostros de los nuevos, caras de niños, en los que se adivinaban la tensión y el miedo; un miedo que él conocía bien, pero que, al encontrarse con el enemigo, daba paso a un instinto casi atávico de supervivencia. Ya no quedaba lugar para otra cosa.
Solo esperaba que los nuevos recordaran los consejos recibidos y sobrevivieran a sus primeros combates.
El cielo nuboso reducía considerablemente la visibilidad. Al atravesar una gruesa capa de nubes y llegar al punto de encuentro, a unos 5.000 metros de altura, pudo observar la inmensa formación enemiga. Sintió un nudo en el pecho: la cantidad de aviones era abrumadora. Los otros grupos de cazas propios, especialmente los del sector norte, aún no habían llegado.
Debía continuar; no había otra opción.
El combate comenzó alrededor del mediodía. En contra de lo que la teoría enseñaba y de lo que tanto habían ensayado durante las maniobras, el grupo se dispersó ante la aplastante superioridad del enemigo.
Perdió contacto con su Ala. En pocos segundos, el cielo se cubrió de estelas de condensación, explosiones y proyectiles trazadores.
Ni siquiera había intentado buscar una presa cuando un grupo de cazas enemigos comenzó a atacarlo. Eran unos cinco aparatos. Se turnaban para hacer pasadas e intentar derribarlo.
Por el momento, la puntería de los agresores dejaba bastante que desear, pero no era cuestión de tentar la suerte y ofrecer un blanco perfecto.
El coronel recordó los consejos de su maestro en la academia, el mayor Caballo Volador:
—Atacar siempre desde una posición de superioridad y, sobre todo, jamás enredarse en combates cerrados con otros aviones.
Empujó la palanca de mando hacia adelante y aceleró al máximo. El motor rugió y una violenta aceleración sacudió su cuerpo. La nave descendió a toda velocidad.
Puso de inmediato en práctica las enseñanzas de Caballo Volador y recurrió a todo el repertorio de maniobras aprendido durante años de combate.
Intentaba poner distancia con sus perseguidores. Los minutos pasaban; le parecieron horas.
Logró evadir a algunos, pero dos lo seguían a corta distancia, sin dejar de disparar. Por la manera en que empleaban sus armas, el coronel intuyó que eran pilotos inexpertos. Disparaban sin anticipar sus maniobras y vaciaban largas ráfagas; aun así, eran persistentes.
«Son dos... ¿Por qué seguir huyendo?», pensó.
Al dar un giro cerrado a la derecha para posicionarse y dejar de ser la presa, sintió un fuerte golpe en el aparato, seguido de una intensa vibración.
Le habían dado.
Por la respuesta de la nave, supo que el timón y uno de los estabilizadores horizontales habían sido alcanzados por la metralla.
Podía mantener una velocidad razonable e intentar regresar a la base, pero ya no estaba en condiciones de enfrentarlos. Además, aquellos aparatos eran las últimas versiones de caza del país del Este.
Solo le quedaba continuar con las maniobras evasivas y esperar que los pilotos enemigos mantuvieran su escasa puntería o acabaran los proyectiles.
El sudor le escurría por el rostro. Estaba cansado y tenso. Le incomodaba sentirse la presa en aquella cacería y, además, combatir en inferioridad de condiciones.
Pensaba en ello cuando vio que sus dos perseguidores se retiraban. Seguramente habían agotado la munición. Se sintió aliviado, como cuando regresó sano y salvo de su primera misión.
El combate había comenzado a los 5.000 metros de altura; ahora sus instrumentos indicaban algo menos de 1.000. En el fragor del combate no se había percatado de que la radio no funcionaba. No tenía contacto con el mundo.
Ahora solo tenía que seguir la línea costera y volver a la base. Estaba ansioso por saber cómo había resultado la misión y, sobre todo, cuál había sido el destino de sus pilotos.
Por unos instantes le pareció que el tiempo se había detenido. No había nadie a la vista. Volaba solo. Era como si la guerra hubiese desaparecido. El odio y el miedo habían quedado atrás.
Solo escuchaba el sonido del motor y contemplaba el sol reflejarse en miles de destellos sobre las oscuras aguas del Mar de Arsen. Era un espectáculo hipnótico. El paisaje no podía ser más esperanzador, resultaba difícil creer que apenas unos minutos antes aquel mismo cielo hubiera sido el escenario de un infierno.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos por un destello en la lejanía. Un pequeño punto brillante. ¿Sería el sol haciendo de las suyas?
Le bastaron unos instantes para comprobar que no era su imaginación. Era un avión enemigo que volaba sin escolta, en su misma dirección.
Un bimotor sin ningún tipo de camuflaje. El aluminio pulido de la estructura reflejaba el sol con gran intensidad, lo que explicaba su primera impresión. Al acercarse vio que presentaba, además de las insignias y la denominación de la unidad, un gran dragón rojo sobre el lateral.
Era un aparato de ataque al suelo, fuertemente blindado. Su peso y tamaño lo hacían más lento que los cazas.
Había oído hablar del Dragón Rojo. Entre las tropas de tierra circulaban historias sobre la precisión y la ferocidad de sus ataques, además de cierto temor reverencial.
El coronel estaba cansado de combatir. Pero el deber se imponía; además, aquel aparato se dirigía hacia una posición de sus camaradas.
Le extrañaba que volara solo, sin escolta. Tal vez había tenido algún percance, como el que él mismo había sufrido.
Pero no era momento para especulaciones. Debía decidir qué acción tomar.
A pesar de la avería de su avión, aceleró para colocarse en posición e intentar derribarlo.
Sería difícil hacerlo solo con las ametralladoras. Tenía que acercarse mucho y atacar desde arriba.
En un primer intento, los disparos se perdieron por el lateral izquierdo del bimotor. El piloto había adivinado la maniobra y ejecutó un brusco giro evasivo. Las maniobras siguientes se sucedieron con el mismo resultado; parecía que el enemigo leyera su mente. Cada vez que lograba centrarlo en la mira, el aparato permanecía allí apenas un instante para luego volver a evadirse. El coronel ni siquiera alcanzaba a disparar.
No había duda: aquel piloto era un experto.
Las maniobras se iban sucediendo y los aviones descendían; ya casi rozaban las aguas del mar. Eso le daba cierta ventaja al coronel: su adversario no podría descender más.
Disparó con las ametralladoras por delante de la trayectoria del bimotor, tratando de anticipar su posición futura. Algunos proyectiles impactaron en el fuselaje, pero el blindaje era demasiado para esas armas. Tenía que acercarse más y utilizar sus cañones; con ellos, la coraza de nada serviría.
Tras varias maniobras en un juego mortal del gato y el ratón, logró una posición óptima: desde arriba y por un flanco. Desde allí podría atacar en un leve picado, tratando de alcanzar la zona menos protegida de la estructura.
Cuando el avión del dragón rojo giró a la izquierda intentando una nueva evasión, el coronel aceleró. Empujó la palanca hacia adelante y dejó caer la nariz del aparato. El motor rugió con un tono más grave.
Descendiendo levemente, lo centró en la mira. Contuvo la respiración y disparó.
Los cañones sacudieron el avión con una vibración rítmica y seca. Vio cómo las trazadoras cortaban el aire, adelantándose a la trayectoria del bombardero.
Un instante después impactaron en la estructura. Trozos del aparato se desprendieron. Un destello. Luego, la explosión. Una inmensa bola de fuego se expandió con violencia, lanzando fragmentos en todas direcciones.
Con toda seguridad había alcanzado los tanques de combustible.
La onda expansiva sacudió el caza por un instante. Al atravesar la nube de humo y restos que golpeaban el fuselaje, el coronel creyó ver un intento desesperado por corregir el rumbo, como si el piloto enemigo aún luchara por recuperar el control.
Tal vez era su imaginación. O su deseo.
El dragón rojo era una antorcha que caía, dejando tras de sí una espesa estela de humo antes de desaparecer en el mar.
No había posibilidad de que el piloto enemigo hubiera sobrevivido.
El coronel aflojó la tensión de su cuerpo. Sintió una extraña mezcla de alivio y orgullo por la victoria, pero también de pena por su contrincante. Pensó que no era el final que hubiera merecido.
Dio un amplio giro para volver sobre el lugar donde el avión había desaparecido.
A pesar de todo, escudriñó la superficie del mar con la esperanza de ver al piloto del dragón rojo con vida. Pero no había nada.
Estaba concentrado en observar la superficie del mar cuando una ráfaga de proyectiles cruzó por delante de su hélice y se perdió en el agua, levantando una fila de surtidores.
Los disparos provenían de un viejo biplano de reconocimiento que parecía intentar vengar el derribo del bimotor. Pero ¿qué hacía ese avión allí? No había mucho que reconocer en esa zona.
Era una escena irreal: dos aviones solitarios aparecidos de ninguna parte, cruzándose en su camino. ¿De dónde habían salido?
El aparato que ahora lo enfrentaba tenía dos tripulantes: un piloto y un copiloto que actuaba como observador y artillero, sentado detrás del primero, mirando hacia la cola de la nave.
Por lo general, eran aviadores recién salidos de las escuelas de entrenamiento, con pocas horas de vuelo. Se les recomendaba no entablar combate con el enemigo. Aquel caso rompía la regla.
El coronel miró en todas direcciones, buscando otras amenazas. No había ninguna.
Estaba cansado. Por primera vez en tantos años, realmente no deseaba seguir combatiendo. Parecía que el encuentro con el piloto del dragón rojo lo había puesto frente a un espejo.
En ese momento no pensó que, tras derribar el bimotor, le faltaba solo una victoria para alcanzar «la Orden». La tenía al alcance de la mano con aquel biplano. Cuando tomó conciencia de ello, tampoco le importó. En ese momento, la condecoración le pareció lejana, ajena, como si perteneciera a otro tiempo y a otro lugar. Ya había tenido suficiente por ese día.
De todas formas, solo más tarde caería en la cuenta de que no tenía testigos del combate.
Pensó en tratar de acelerar al máximo y escapar, aun cuando su avión estaba limitado por las averías. Pero eso iría en contra de sus principios: sería un acto de cobardía.
El coronel dio un amplio giro y se colocó en posición de ventaja.
Intentó disuadir a los tripulantes del viejo biplano. Tal vez una ráfaga de sus ametralladoras muy próxima al aparato bastaría para que reconsideraran su actitud y abandonaran la escena.
No funcionó.
El artillero seguía disparando, cada vez con mejor puntería. No habría forma de terminar el combate sin enfrentarlos.
Se acercó y disparó una corta ráfaga. El motor se incendió casi de inmediato. El aparato dio un violento giro antes de estrellarse contra el mar y hundirse rápidamente. Desapareció en segundos.
Posiblemente, sus disparos también habían alcanzado al piloto, a juzgar por la extraña maniobra.
Pasó varias veces sobre la zona del impacto, pero no encontró rastros de sobrevivientes. El mar ya había borrado toda huella.
Luego miró en todas direcciones en busca de nuevas amenazas. No encontró ninguna. Estaba solo.
Enfrascado en el combate, se había alejado demasiado del punto original de contacto.
Era hora de volver a la base.

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