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La Cruz de Cobre

  • hace 2 días
  • 6 min de lectura

Actualizado: hace 15 horas

PARTE FINAL


Con esas dos victorias había alcanzado el número tan codiciado por la mayoría de los pilotos. «La Orden»  era suya, lo sabía, pero no podía demostrarlo.


Nunca comentó aquella historia con sus camaradas: no tenía sentido.


El coronel no solía alardear, y mucho menos cuando no podía respaldar sus palabras con hechos. No tenía muchas certezas en la vida, pero una sí era inquebrantable: sus dichos debían ser coherentes con sus acciones.


¿Qué habría hecho la teniente Pluma Oscura en su lugar? ¿Cómo habría reaccionado si él le hubiera contado aquella historia?



Unos días después, el coronel recibió un comunicado del Alto Mando en el que se anunciaba que el General Passa Cantenne haría una gira de inspección por las unidades de la región. La noticia le pareció extraña: en más de dos años, ningún oficial superior había visitado la unidad bajo su mando y ahora, precisamente cuando la teniente Pluma Oscura había presentado su reclamo, se anunciaba aquella visita. Tal vez fuera solo una coincidencia.


El día fijado para la visita, la unidad hizo los preparativos necesarios para recibir al general y su comitiva. A la hora establecida, el avión que transportaba a los visitantes aterrizó en la pista.


Varios automóviles esperaban al grupo de oficiales para trasladarlo hasta donde estaban los cazas, prolijamente estacionados, y sus pilotos, formados delante de ellos.


Luego de la revista, el general Passa Cantenne reunió a los pilotos en un hangar y allí les dirigió una encendida arenga, en la que abundaron las promesas de nuevo equipo, reemplazos y armas definitivas que decidirían el curso de la guerra. Por supuesto, tampoco faltó el llamado a los combatientes para que hicieran un último esfuerzo, pues la victoria final estaba muy cerca.



Poco después, el general se reunió a solas con el coronel y, en abierta contradicción con lo expresado un momento antes, dijo con voz grave:


—Estamos ante una situación difícil. Esta guerra se ha estancado. Avanzamos unos kilómetros y, a las pocas semanas, volvemos al lugar de partida o, peor aún, retrocedemos un buen trecho en nuestro propio sector. Además he recibido informes sobre problemas en el otorgamiento de las condecoraciones.


Sin esperar respuesta, agregó:


—Los pilotos son escasos; las academias no logran formar nuevos pilotos con la suficiente rapidez para reemplazar a los caídos. En resumen, la situación no es prometedora. Lo que menos necesitamos es que oficiales descontentos comiencen a sembrar la inconformidad y la duda entre sus subordinados respecto de sus superiores. Conceder una medalla más o una menos a estas alturas de la guerra no sentará un precedente nocivo; en cambio, el beneficio que obtendremos bien valdrá la pena.


El coronel respondió:


—General, comprendo que la situación es difícil, pero no creo que aceptar reclamos que no cumplen con los estándares establecidos sea un buen precedente para el futuro. La disciplina se verá afectada y el espíritu de esfuerzo para conseguir…


El general lo interrumpió con un ademán de la mano y dando por terminada la conversación dijo:


—Es mejor apaciguar esta situación antes de que se vuelva incontrolable.



Dos días más tarde, el coronel se encontraba en su despacho observando fijamente el documento que descansaba sobre el escritorio. Era la recomendación para otorgarle a la teniente Pluma Oscura su tan ansiada Cruz de Cobre. Solo faltaba su firma.


Estaba sumido en sus pensamientos cuando recibió una llamada de la Oficina de Operaciones del Estado Mayor. El teniente coronel Bloody Long Knife le informó que se requerían dos pilotos voluntarios con experiencia para una misión especialmente peligrosa. Los detalles de la operación llegarían por correo militar a las doce del mediodía.


A las doce en punto, un oficial llamó a la puerta y le entregó la documentación. Al parecer, la puntualidad era una cualidad que la guerra no había logrado menguar entre los oficiales del Estado Mayor.


Las órdenes de la operación indicaban que dos aviones debían internarse unos 300 kilómetros en territorio enemigo para realizar una misión de reconocimiento fotográfico sobre una zona cercana al centro industrial de Kovyar. Según los informes de inteligencia, allí se estaría concentrando material y tropas para una posible ofensiva en las semanas siguientes.


La misión era especialmente peligrosa. La zona estaba protegida por varios anillos concéntricos de artillería antiaérea y, además, operaban allí varias escuadras de caza bien equipadas.


El coronel, contraviniendo todas las normas militares, prefirió ahorrarse el trámite de solicitar voluntarios para la misión y se ofreció él mismo. Luego le explicó a su fiel Ala, el mayor Comadreja de la Pradera, la naturaleza de la operación. Antes de que pudiera preguntarle si estaba dispuesto a acompañarlo, su amigo se adelantó y se ofreció como voluntario.


El mayor Comadreja de la Pradera había sido su Ala insignia durante los dos últimos años. Juntos habían cumplido más de 250 misiones —«salidas», en la terminología militar—.


Despegaron a las 16:00 horas y enfilaron hacia el este. Comadreja de la Pradera se situó a la derecha del avión del coronel, ligeramente retrasado y un poco por debajo de su nivel, como dictaba la teoría.


Mientras ascendían en el cielo nuboso, las nubes dibujaban extrañas figuras bajo los rayos del sol que se filtraban desde un costado.


Los aparatos entraron rápidamente en territorio hostil. Se mantuvieron en silencio durante largo tiempo. Decidieron no establecer comunicación salvo que fuese estrictamente necesario.


Durante varios minutos no observaron rastro alguno del enemigo. Volaban a gran altitud para evitar cualquier enfrentamiento. Cruzaron los anillos de defensa antiaérea sin encontrar ninguna actividad. Las unidades de caza tampoco parecían reaccionar.


El coronel pensó que, tal vez, dos aviones solitarios no justificaban poner en marcha toda la maquinaria defensiva.


Al llegar a la zona del objetivo, el coronel hizo una seña a su Ala y ambos aparatos descendieron para tomar las fotografías necesarias.


Los aviones sobrevolaron la zona establecida dos veces, a alta velocidad. Completaron el reconocimiento y emprendieron el regreso a la base. Todo parecía transcurrir con una tranquilidad inquietante.


Debían volver a transitar la zona fuertemente defendida, el tramo de mayor peligro. Luego, un sector de tierra de nadie y, por fin, la línea del frente. Más allá, la base y el abrigo de la unidad.


Volaron durante un largos minutos, solo faltaban unos kilómetros y luego, la seguridad.


La luz del atardecer teñía el cielo de un espléndido color naranja, con tintes cobrizos. Las nubes se recortaban claramente, con bordes de un blanco luminoso.


El espectáculo, especialmente bello, le produjo al coronel una especial sensación de bienestar. Su mirada se detuvo en las formas de las nubes. Le pareció adivinar en ellas los rostros de sus seres queridos que ya no estaban.


El cerebro, a veces, actúa de manera misteriosa.


 

Estaban saliendo de la zona más densamente defendida y parecía que el mayor peligro había pasado.


En cierto momento, un estruendo sacudió el avión del coronel. Chispas y humo inundaron la cabina al tiempo que sintió un fuerte dolor en el pecho, como si barras de acero al rojo vivo atravesaran su cuerpo.


Su reacción instintiva lo hizo tirar bruscamente de la palanca de mando; el aparato aceleró violentamente e inició un ascenso muy pronunciado, casi a 45 grados, mientras una estela de humo salía por la parte inferior del ala derecha.


Un proyectil de las defensas antiaéreas lo había alcanzado, había atravesado el radiador, provocando la pérdida del líquido refrigerante, y había continuado su recorrido hasta golpear el lateral de la cabina y alcanzar al piloto.


Comadreja de la Pradera rompió el silencio de radio y, con desesperación, preguntó:


—¡Coronel! ¿Está bien?


Pero solo escuchó unas palabras inconexas y un quejido. Insistió una y otra vez, aunque la voz de su camarada le pareció cada vez más lejana.


Una extraña sensación de paz invadió al coronel; el dolor se había ido.


La verdad irrumpió en su mente como el fulgor de una llamarada que disipa toda sombra de duda. Todo era claro, evidente.


Ningún nuevo destino tendría que ser asumido.


Ninguna terapia experimental tendría que ser aceptada.


Ninguna discusión insensata tendría que ser sostenida.


Ninguna carta para recomendar condecoraciones inmerecidas tendría que ser firmada.


Ninguna muerte sin sentido tendría que ser presenciada...



Mientras el avión ascendía a toda velocidad, fuera de control, dejando atrás una densa estela blanca, el coronel comprendió todo.


Al fin, estaba volviendo a casa.




 
 
 

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