Reflexiones sobre una evaluación
- cbarone2426
- 1 ene
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La evaluación, como toda actividad humana atravesada por múltiples y complejas aristas, no se halla exenta de situaciones problemáticas y polémicas.
La necesaria objetividad que implica el acto de evaluar se ve afectada por la inevitable subjetividad propia de la condición humana: una tensión que parece difícil de resolver al momento de valorar los productos resultantes de procesos de aprendizaje, los cuales a menudo son ponderados a la luz de consideraciones ideológicas, políticas o personales del evaluador.
Mucho se ha estudiado, escrito y discutido sobre el tema; sin embargo, me parece interesante traer a colación una crónica que leí durante los años de mi niñez y que cristaliza una forma alternativa de evaluar.
Procuraré ser lo más fiel posible a aquel relato, salvando las dificultades que el paso del tiempo impone a la memoria.
Aquella narración describía la historia de un oficial de la Marina de los Estados Unidos, el capitán Francis Queen —creo que así era su nombre—, que había sido relevado de su puesto como comandante de un navío debido a que, en el transcurso de unas maniobras, en el momento más crítico del ejercicio y al tener que dar una orden, comenzó a balbucear y no pudo comunicar la directiva a sus subordinados de manera apropiada. Sus superiores juzgaron que tal actuación no era admisible y que debía ser suspendido del mando hasta una futura evaluación.
A partir de ese momento comenzó un largo peregrinar por distintas oficinas y reparticiones.
De la oficina de suministros lo enviaban a la de personal; de esta, a la de operaciones navales; y luego, a la de relaciones institucionales. En cada una debía esperar largo tiempo antes de ser atendido y siempre tenía que explicar los motivos de su presencia.
La respuesta era invariable: toda la información sería remitida al centro correspondiente y se le comunicarían oportunamente los pasos a seguir. En cada caso se le indicaba una nueva oficina a la cual presentarse. Cada paso que daba parecía alejarlo de la tan ansiada evaluación.
En cada ocasión debía explicar, con todo lujo de detalles, por qué se encontraba en esa situación, cuáles habían sido las circunstancias de su aparente fallo y cómo había ocurrido. Todo se asentaba metódicamente y luego volvía a ser interrogado. Al oficial aquello le parecía redundante, un círculo sin fin.
Al cabo de unas semanas fue convocado a presentarse en una oficina cuya denominación le resultaba extraña, para entrevistarse con un jefe militar cuyo cargo le era desconocido. Así lo hizo y, luego de una larga espera en la antesala, fue llamado. El militar le pidió que explicara lo sucedido desde el comienzo, y al joven oficial le pareció que todo volvería a iniciarse. Al terminar su relato, y ante el silencio de su interlocutor, pidió permiso para hablar. Al concedérsele, preguntó cuándo sería evaluado. El oficial de mayor rango lo miró con cierta complicidad y le dijo que la evaluación acababa de concluir y que el veredicto había sido positivo.
Traigo este relato a colación porque ofrece un marco particularmente propicio para reflexionar sobre las condiciones que hicieron posible que el oficial recuperara la confianza de sus superiores. La evaluación decisiva no tuvo lugar en una sala formal ni adoptó la forma esperable de un examen, sino que se desplegó a lo largo de un recorrido que, en apariencia burocrático y reiterativo, terminó revelando su propósito profundo.
Lejos de tratarse de una mera dilación administrativa, el recorrido al que fue sometido el oficial puede entenderse como una prueba de otra índole. No se evaluaba ya su competencia técnica ni su conocimiento de los procedimientos, sino su disposición a asumir la responsabilidad de lo ocurrido, su capacidad para relatar los hechos sin evasivas y su perseverancia frente a un proceso prolongado, impersonal y, en apariencia, carente de sentido. En ese tránsito, la institución parecía observar no tanto la falta inicial como la actitud sostenida ante ella: la paciencia, la constancia y la honestidad con que el oficial enfrentó una situación adversa que ponía en cuestión su autoridad y su vocación profesional.
Esta forma de evaluación, silenciosa y prolongada, pone en cuestión la idea habitual de que la habilidad, el mando en este caso, se legitima únicamente a través de la eficacia inmediata o de la ausencia de errores. Por el contrario, sugiere que la verdadera idoneidad se revela en la manera en que se enfrenta el fracaso, en la capacidad de sostener un relato coherente de los propios actos y en la disposición a atravesar procesos que no ofrecen gratificaciones inmediatas.
La autoridad, en este sentido, no se funda solo en la competencia técnica, sino también en la madurez con la que se asumen las consecuencias de las propias decisiones y en la constancia demostrada cuando el reconocimiento se posterga. Tal vez por ello el veredicto favorable no necesitó ser anunciado como tal ni acompañado de explicaciones formales. La evaluación ya se había producido a lo largo del camino, en la reiteración paciente de los hechos, en la aceptación del tiempo impuesto y en la persistencia sin queja ni dramatización. El mando que se le restituyó no fue, entonces, una simple devolución de funciones, sino el reconocimiento de una forma de estar frente a la responsabilidad: aquella que no se quiebra ante el error, sino que se afirma en la capacidad de atravesarlo.




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